noches
"Es que el gorila del laberinto del terror se metió en mi imaginación y no me deja dormir", suele gritar a veces nacho cuando se termina el día, cuando la casa se apaga.
patio
Mientras barro el patio,
la cabeza se me despega
los ojos se nieblan
mis ideas oscilan
se estiran y amontonan
el viento las desarma
se separan dos que estaban
–el perro pasa y me las pisa–
tan pegadas que eran una
se me arman poemas
mientras barro
y me visitan asuntos cósmicos.
La muerte es una cuestión de espacio,
me decía mi padre,
que ahora está muerto,
que ahora es algo que da de comer
a los gusanos que dan de comer a la tierra
con su caca
que da de comer al árbol que da una pera
a una vaca que la agarra y que nosotros
compramos en el supermercado,
en cajas apiladas de vaca, como una biblioteca.
Si no te morís, ocupás lugar:
el mundo se asfixia con tanta gente,
tantas vacas, gusanos y peras.
Recién baldeaba y lo entendí.
la cabeza se me despega
los ojos se nieblan
mis ideas oscilan
se estiran y amontonan
el viento las desarma
se separan dos que estaban
–el perro pasa y me las pisa–
tan pegadas que eran una
se me arman poemas
mientras barro
y me visitan asuntos cósmicos.
La muerte es una cuestión de espacio,
me decía mi padre,
que ahora está muerto,
que ahora es algo que da de comer
a los gusanos que dan de comer a la tierra
con su caca
que da de comer al árbol que da una pera
a una vaca que la agarra y que nosotros
compramos en el supermercado,
en cajas apiladas de vaca, como una biblioteca.
Si no te morís, ocupás lugar:
el mundo se asfixia con tanta gente,
tantas vacas, gusanos y peras.
Recién baldeaba y lo entendí.
imagen recurrente
Es de noche, el pequeño Truman extraña a su madre, joven y hermosa, que salió de juerga (en mi mente, el narrador habla a veces como en las traducciones españolas). Sube las escaleras blancas y abre la puerta del dormitorio de ella; el cobertor de raso está arrugado y hay algunos trajes tirados por el suelo, los que ella se probó y descartó para la ocasión.El pequeño Truman coge el frasco de perfume de su madre y sin respirar se traga toda la sinécdoque.
Casas
"East Cooker" (fragmento) - T.S. Elliot
En mi principio está mi fin. Las casas
se suceden: se levantan y caen,
se derrumban, se amplían y trasladan
se destruyen, se restauran, ocupa
su lugar el campo abierto, una fábrica,
el camino. Vieja piedra al edificio
nuevo, leña vieja a los nuevos fuegos,
fuegos de antaño a la ceniza
y las cenizas a la tierra, carne
ya, pelo y excremento, hueso de hombre
y bestia, hoja y tallo de maíz.
Las casas viven, mueren: hay un tiempo
para edificar y para la vida
y la generación y un tiempo
para que el viento rompa el vidrio suelto,
sacuda el zócalo por donde trota
el ratón y el andrajoso tapiz
donde tejieron callada leyenda.
Cuatro cuartetos, 1943
Trad. Esteban Pujals Gesalí
mañanas
Todas las mañanas, nacho se levanta y, despeinado, sin hacer pis, va corriendo a mover el cuadradito rojo del calendario. Ahí recién entonces empieza el día.
objetos
¿Te acordás de ese peine verde
de dientes grandes
mascardi en el bolsillo
del pantalón de aquel tipo
con poco pelo
en ese bar que ya cerró?
¿Y del sandwich en el taper celeste
del automovilista atropellado,
que quedó encima del techo
del auto, bajo el sol del mediodía,
cuando se fue la ambulancia?
¿Y de la campera impermeable
negra que colgaba de un gancho
en una pared de mosaicos,
en el primer piso
de una casa demolida
por Constitución?
¿Y de la boleta de empeño
del televisor 20 pulgadas
que encontraste entre los papeles
del entreprener que te había contratado
para que ordenaras el archivo
de su importadora de aparatos
de gimnasia sin esfuerzo?
¿Y de esa pierna que le faltaba
al tipo que corría veloz
y a zancazo único
colectivos que se iban?
Bueno, estuve pensando
si no te parece mal
podríamos desembalarlos
y tenerlos un rato entre los objetos
que nos compramos hace poco.
de dientes grandes
mascardi en el bolsillo
del pantalón de aquel tipo
con poco pelo
en ese bar que ya cerró?
¿Y del sandwich en el taper celeste
del automovilista atropellado,
que quedó encima del techo
del auto, bajo el sol del mediodía,
cuando se fue la ambulancia?
¿Y de la campera impermeable
negra que colgaba de un gancho
en una pared de mosaicos,
en el primer piso
de una casa demolida
por Constitución?
¿Y de la boleta de empeño
del televisor 20 pulgadas
que encontraste entre los papeles
del entreprener que te había contratado
para que ordenaras el archivo
de su importadora de aparatos
de gimnasia sin esfuerzo?
¿Y de esa pierna que le faltaba
al tipo que corría veloz
y a zancazo único
colectivos que se iban?
Bueno, estuve pensando
si no te parece mal
podríamos desembalarlos
y tenerlos un rato entre los objetos
que nos compramos hace poco.
dolce vita
Una noche, en su última internación, me ofrecí a cuidar a Andrés para relevar un poco a las hermanas y tener en soledad rituales de despedida.
Mientras buscaba algo cómodo en mi ropero, antes de ir al sanatorio, también elegí con cuidado el perfume entre todos los importados remanentes de la década anterior. Usuaria involuntaria y frecuente del poder evocador del olfato (y los sabores, claro), debía elegir el olor que acompañaría: me puse en grandes cantidades el perfume más feo de todos los que tenía, el dolce vita. Sabía que no volvería a usarlo pero que siempre tendría ese puente al alcance de la nariz.
Mientras buscaba algo cómodo en mi ropero, antes de ir al sanatorio, también elegí con cuidado el perfume entre todos los importados remanentes de la década anterior. Usuaria involuntaria y frecuente del poder evocador del olfato (y los sabores, claro), debía elegir el olor que acompañaría: me puse en grandes cantidades el perfume más feo de todos los que tenía, el dolce vita. Sabía que no volvería a usarlo pero que siempre tendría ese puente al alcance de la nariz.
Tapado
Usar ese tapado era
ponerse un lugar común
pero abrigaba y ayudaba
a la conversación.
Al final ya estaba pelado en los bordes
y con mordiscos de polillas.
Se lo pasé a mi hermano,
como quien entrega un legado,
y él volvió a ponerle los botones
en el lugar que corresponde
a los varones: creo que a la derecha
(me cuesta discernir la izquierda y la derecha)
El tapadito pobre, el tapadito exiliado,
el tapado gris del poeta ilustre y militante
que fumaba triste y gris.
Era demasiado literario,
el tapadito, como para volverlo un tema.
Y encima daba vueltas por Corrientes,
él, heredado por Andrés en Roma,
con un paquete de libros
de la firma ilustre.
Luego me lo quedé yo.
Y me quedaba grande.
ponerse un lugar común
pero abrigaba y ayudaba
a la conversación.
Al final ya estaba pelado en los bordes
y con mordiscos de polillas.
Se lo pasé a mi hermano,
como quien entrega un legado,
y él volvió a ponerle los botones
en el lugar que corresponde
a los varones: creo que a la derecha
(me cuesta discernir la izquierda y la derecha)
El tapadito pobre, el tapadito exiliado,
el tapado gris del poeta ilustre y militante
que fumaba triste y gris.
Era demasiado literario,
el tapadito, como para volverlo un tema.
Y encima daba vueltas por Corrientes,
él, heredado por Andrés en Roma,
con un paquete de libros
de la firma ilustre.
Luego me lo quedé yo.
Y me quedaba grande.
Bolar
El árbol (Juan Gelman)
De la violenta madrugada
un hombre entra a su casa y el olor de sus hijos
le golpea la cara, los olvidos, la furia,
ahora cierra la puerta con doble llave
y se saca la gente, la ropa con cuidado,
apaga los gritos de la camisa
o los ojos del camarada que brillan en la cárcel
y oye cómo se mueve la ternura en la pieza,
bajo sus ramas dormirá todavía una noche,
bajo sus ramas yacerá cuando caiga.
De la violenta madrugada
un hombre entra a su casa y el olor de sus hijos
le golpea la cara, los olvidos, la furia,
ahora cierra la puerta con doble llave
y se saca la gente, la ropa con cuidado,
apaga los gritos de la camisa
o los ojos del camarada que brillan en la cárcel
y oye cómo se mueve la ternura en la pieza,
bajo sus ramas dormirá todavía una noche,
bajo sus ramas yacerá cuando caiga.
Gotán, 1962
fui
y esto pesqué.
gracias caro condito, herrero y juan laurentino
(favor de desactivar el ukelele antes de pulsar)
gracias caro condito, herrero y juan laurentino
(favor de desactivar el ukelele antes de pulsar)
pelopincho
me preguntaste qué es el alma
pero ya sabías la respuesta:
es como una máquina grande
en un lugar chiquito,
dijiste.
O cuatro máquinas medianas
con los nombres de las personas que queremos,
en listas hechas de sangre o pintura,
no de papel.
Y el alma está alrededor,
pegada a la piel.
me preguntaste si conocemos algún pobre
o si nosotros somos pobres,
si el abuelo está desnudo
o se fue sin los huesos.
Y si hay alguna pelopincho
ahí donde está él
y si tiene hambre
y si lo vas a ver.

la imagen viene de acá (gracias a the curious brain)
pero ya sabías la respuesta:
es como una máquina grande
en un lugar chiquito,
dijiste.
O cuatro máquinas medianas
con los nombres de las personas que queremos,
en listas hechas de sangre o pintura,
no de papel.
Y el alma está alrededor,
pegada a la piel.
me preguntaste si conocemos algún pobre
o si nosotros somos pobres,
si el abuelo está desnudo
o se fue sin los huesos.
Y si hay alguna pelopincho
ahí donde está él
y si tiene hambre
y si lo vas a ver.

la imagen viene de acá (gracias a the curious brain)
Más libros

Cuando mi hermano Andrés --el primer hijo del segundo matrimonio de mi madre-- salió de la adolescencia, empezó a trabajar en una librería de usados, parecida a la que se llevó a Eva Luna y compañía. Mi hermano también heredó la manía de acumular libros.
Un día, por teléfono, alguien le pidió que fuera a tasar una biblioteca con libros en italiano y en francés, de marxismo, de filosofía, de sindicalismo.
Se nos perdieron tantos objetos por el camino, entre allanamientos, exilio, desexilios, mudanzas, desmembraciones, separaciones, remates y liquidaciones, que le resultó maravilloso intuir y luego confirmar que se trataba de una parte de la biblioteca de su padre.
Pero lo sorprendente no es que efectivamente eran los libros paternos, que habían quedado en el departamento al que aquél había vuelto al separarse de nuestra madre; tampoco que la ex ex esposa hubiera elegido al azar justo esa librería entre todas las de Corrientes para liquidar su herencia, ni que ella no desistiera de cobrárselos cuando se reconocieron mutuamente.
Lo que sorprende del asunto es que él sintiera hacia ella una pena infinita y que la consolara por la pérdida común.
Los libros están a salvo en su biblioteca y lo que menos importa es que sean leídos.
dos de febrero

Han venido unos amigos (fragmento) - Antoni Marí
Es a primera hora de la mañana cuando entro en la habitación.
Veo a mis padres durmiendo. El padre estirado
boca arriba con el pelo sobre la almohada,
y la madre con el brazo izquierdo abrazándolo
y con la cabeza girada hacia él
y con el cuerpo recogido como un ovillo;
un lío de sábanas que apenas dejan ver
la redondez de los cuerpos.
Tan dormidos están que no me oyen entrar en la habitación,
que no está a oscuras pero que todavía conserva
un poco de la tiniebla de la noche que acaba de pasar.
El padre, mientras duerme, deja escapar un silbido
rítmico y acompasado que sigue los movimientos del pecho,
cuando el aire entra lentamente en su cuerpo
y sale lentamente, también.
Me acerco a su rosto y me imagino cómo será
cuando esté muerto. El pensamiento me turba
porque le veo muerto y le recuerdo vivo,
recuerdo sus pasos por el pasillo
y cómo pelaba las naranjas y nos daba
un gajo a cada hijo, sentado a su lado.
Le veo muerto, aunque el silbido me avisa
de que está bien vivo y que enseguida se levantará de la cama,
nos despertará a todos
y saldrá de casa envuelto en el abrigo de cheviot y los zapatos grandes.
Ahora duerme y me gusta mirarlo ahora que no me ve.
Y pienso cómo debe haber llegado aquí, qué pensamientos
y qué sueños deben ocupar su fantasía;
qué miedos, como los míos, desde pequeño
le han perturbado el juicio, incluso ahora,
que es un hombre prudente y grande, pienso.
Siento respirar a mi madre, que suavemente
retira el brazo del pecho del padre:
con los ojos medio cerrados me mira
y ve cómo miro el sueño de su marido.
Me sonríe y me pregunta qué haces aquí,
a estas horas de la mañana.
No tenía sueño, le digo, y me aburría en la cama.
Es pronto, todavía, para levantarse.
Métete en nuestra cama, entre nosotros volveras a coger el sueño.
Doy vuelta a la cama y me meto por el lado donde ella duerme,
y me coloca entre su cuerpo y el de mi padre,
que aún duerme y parece que no ha escuchado nada.
La cama caliente me quita el frío y me acompañan
el calor de sus cuerpos y el trozo de piel
que puedo tocarles, y me duermo enseguida.
(...)
Ahora, que ya hace tiempo que los padres han muerto,
y se han ido a otro sueño, no sé si más lejano,
todavía duermo en el mismo lugar
y se me hace tan presente la apuesta matutina
que vuelvo a sentir el calor de sus brazos,
y las piernas y los movimientos adormilados
de sus cuerpos.
Traducción de Félix Romeo (publicado en Diario de Poesía - nro 81)
Imagen: Edward Hopper, Sun in empty room
Imagen: Edward Hopper, Sun in empty room
Libros

Andrés no quería prestarle libros a su hermana Estela porque decía que no se los devolvía. Le costaba mucho desprenderse de sus libros y los acumulaba muchas veces sin leerlos. Cuando entré en la adolescencia, solía darse una vuelta por mi biblioteca a inspeccionar y retirar los suyos. Si andábamos bien, entonces era benevolente y me dejaba alguno pero en calidad de préstamo. Yo tenía muchos de mi abuelo y algunos de mi mamá que él tomaba como propios y que creaban zonas grises en la discusión.
Un día llegué a mi casa y, por un enojo o una represalia, todos los libros de mi biblioteca estaban en el piso. Sabíamos cómo lastimarnos. Después de alguna “pelotera” –como llamaba mi mamá al griterío intenso que me dejaba avergonzada frente a los vecinos del segundo piso–, yo le agarraba un libro y lo vendía en la librería de Hernán. Sentía así que el universo se volvía a equilibrar y el procedimiento era un poco más redituable que hacerle frente también a los gritos. Creo que se perdieron de este modo uno de Terragno y Eva Luna, de Isabel Allende. Nunca se dieron cuenta.
Otra vez, cuando yo ya vivía sola y él ya estaba separado de mi mamá, me llamó entre dos internaciones para reclamarme un diccionario de latín-francés que él había comprado en la Renfile, un mercado de pulgas en Ginebra, junto con otros tantos libros que habían sido de algún viejo y que sus familiares le habían vendido la biblioteca, la vajilla, la ropa sucia, al morir. Ese diccionario me encantaba, las páginas bien marrones, la tapa dura forrada de tela algo deshilachada, el olor acre, siempre algún bichito para aplastar entre sus hojas, y lo usaba muchísimo.
Me llamó para reclamármelo porque su sobrina –que estudiaba medicina y que no tenía ninguna noción de francés– había mencionado que le gustaría saber latín. Yo sentí la injusticia clavárseme y me determiné a no entregarlo, a dilatar el asunto, pero era tan insistente en sus llamadas como en el tono. Me di cuenta al fin de que no quería ganar de esa manera: me bastaba esperar un tiempo para que los llamados se interrumpieran para siempre. Entonces un día en que lo fui a visitar al Dupuytren le llevé el diccionario.
Murió de algo al páncreas y de fumar y chupar. Creo que sufrí más anticipando su muerte a lo largo de los años que su muerte en sí misma. En el entierro, su hermana Estela me dio envuelto en papel madera el diccionario.
un nido
… si pudiéramos reencontrar aquel cándido deslumbramiento de antaño, cuando descubríamos un nido. Descubrir un nido nos lleva a nuestra infancia, a una infancia. A las infancias que deberíamos haber tenido.
Cuántas veces, en mi jardín, experimenté la decepción de descubrir un nido demasiado tarde. El otoño llegó, el follaje se despeja. En el ángulo de dos ramas, allí veo un nido abandonado. Así que ahí estaban el padre, la madre y los pequeños, ¡y yo no pude verlos!
Descubierto tardíamente en el bosque invernal, el nido vacío se burla de quien explora. El nido es un escondite de la vida alada. ¿Cómo pudo ser invisible? ¿Invisible frente al cielo, lejos de los sólidos escondites de la tierra?
Recogido en el arbusto como una flor marchita, el nido es ahora apenas un “objeto”. Se me permite agarrarlo, deshojarlo. Melancólicamente, me vuelvo hombre de campos y matorrales y, alardeando un poco del saber que le transmito a un niño, digo: “Este es un nido de herrerillo”.
Así, el viejo nido entra en una categoría de objeto. Cuanto más objetos haya, más sencillo se hará el concepto. A fuerza de coleccionar nidos se deja tranquila a la imaginación. Se pierde contacto con el nido vivo.
Sin embargo, el nido vivo es el que podrá introducir una fenomenología del nido real, del nido hallado en la naturaleza y que por un instante –la palabra no es demasiado grande– se convierte en el centro del universo, en el dato de una situación cósmica. Levanto suavemente una rama, allí está el pájaro, incubando los huevos. No se echa a volar; sólo se estremece un poco. Tiemblo ante la idea de hacerlo temblar. Tengo miedo de que el pájaro que anida sepa que soy un hombre, el ser que ha perdido la confianza de los pájaros. Me quedo inmóvil. De a poco se aquietan –¡me imagino!– el miedo del pájaro y mi propio miedo de dar miedo. Respiro mejor. Suelto la rama. Regresaré mañana. Hoy hay una alegría en mí: los pájaros han hecho un nido en mi jardín.
Gaston Bachelard: La poétique de l'espace
la imagen viene de acá
la imagen viene de acá
Para hacer el retrato de un pájaro (Jacques Prévert)
Primero, pintar una jaula / con la puerta abierta / luego pintar algo lindo, / algo simple / algo hermoso / algo útil / para el pájaro / después colocar la tela contra un árbol / en un jardín / en un monte / o en un bosque / esconderse detrás del árbol / sin decir nada / sin moverse… // A veces el pájaro viene rápido / Pero también puede tomarle muchos años decidirse. // No desanimarse / esperar / si hace falta esperar durante años / la prontitud o la demora del pájaro / no tiene ninguna relación / con el resultado del cuadro / cuando el pájaro llega / si llega / mantenerse en el silencio más profundo / esperar que el pájaro entre en la jaula / y cuando haya entrado / cerrar suavemente la puerta con el pincel / y luego / deshacer los barrotes uno por uno / siempre cuidando de no tocar ninguna pluma del pájaro. // Luego reproducir el árbol / eligiendo la rama más hermosa / para el pájaro / también pintar las hojas verdes y la frescura del viento / el polvillo del sol / y el zumbido de los bichos del pasto en el calor veraniego / y luego aguardar que el pájaro se ponga a cantar // Si el pájaro no canta, es una mala señal / es señal de que el cuadro es malo // Pero si canta es una buena señal / es señal de que usted puede firmar el cuadro / Entonces muy despacito arránquele una pluma al pájaro / y escriba su nombre en un rincón del cuadro.
cuento para una madre que se queda dormida sin contar un cuento
—Mamá, primero yo y después vos, ¿sí? Bueno, había una vez el planeta, que estaba herido porque le habían tirado una piedra y le salía sangre. Entonces nos fuimos a otro planeta. ¿Y sabés qué había en ese planeta? ¡Todas las personas de la televisión! Estaban Ben-10, Mickey, Batman, esos de la cocina que ves vos, Tom y Jerry... Bueno, todos vivían ahí. ¿Y sabés qué veían cuando miraban la televisión? ¡A nosotros!
—¡Qué maravilla! ¿Y si nosotros veíamos la tele? ¿Se veían a ellos mismos en nuestra tele?
—No, se cortaba la imagen. Bueno, ahora te toca a vos. ¿Ma? ¿Mamá?
picoteos
el viento toca una flauta de edificios
hojas y papelitos se van
y los árboles asienten.
subte a la mañana, olores de cuerpos mezclados,
el helicóptero amarillo y roto vuela en turnos iguales
por las manos de los tres nenes rumanos.
hojas y papelitos se van
y los árboles asienten.
subte a la mañana, olores de cuerpos mezclados,
el helicóptero amarillo y roto vuela en turnos iguales
por las manos de los tres nenes rumanos.
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